San Juan Pablo II
Al momento que empiezo a escribir esto, espero muy alegre la canonización histórica de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II. Lo que les narraré es algo que INMERECIDAMENTE recibí de Dios, pero que es una gran gracia que desde que la recibí trato de compartirla desde mi imperfección humana.
Todo nuestro destino está regido por Dios. Los lugares en los que estamos cuando solicitamos la bendición de Él son su voluntad estar ahí. El camino por el que ha transitado mi vida en relación al Papa Juan Pablo II es, primero, haber nacido en una familia católica. Es por ello que mis padres procuraron que mi educación fuera de esta misma índole. Fui inscrito en uno de los colegios más tradicionales de Guatemala que tienen como doctrina la fe católica, el Colegio San José de los Infantes. Esta institución bicentenaria fundada por el cuarto arzobispo de la arquidiócesis de Santiago de Guatemala, Cayetano Francos y Monroy fue fundada con el fin de formar monaguillos y cantores a la catedral, tomando como modelo otros colegios españoles que perseguían el mismo fin.
En la época que yo entré al Infantes (año 2000), los acólitos, por algún motivo, tal vez porque sus instalaciones se trasladaron de edificio (actualmente en la zona 3 de Mixco), ya no servían en la catedral. Esta situación desvirtuaba entonces la razón por la cual se había fundado el colegio. Fue cuando en el año 2001, Rodolfo Ignacio Quezada Toruño, exalumno del Infantes, fue promovido a la sede metropolitana de Guatemala, retomó los ideales por los que esta casa de estudios fue fundada. Los acólitos del Infantes deben ser los servidores del altar en la catedral metropolitana. Por aquel entonces era y sigue siendo el capellán de este colegio el presbítero Manuel Chilín. Siendo nuestro guía espiritual yo aprovechaba esto y buscaba constantemente su instrucción, llegamos a hacernos muy amigos.
Los designios de Dios son maravillosos, a veces claros y otras veces debemos esforzarnos en reconocerlos.
Nunca olvidaré la noche en que recibí una llamada telefónica del padre Chilín: "Jorge, el nuevo arzobispo me ha pedido que convoque a algunos jóvenes del colegio para que le ayuden el domingo en la misa de 12". Desde ese momento sentí el llamado de Dios a servirle. Por supuesto acepté y asistí. Antes de empezar la misa se nos dieron instrucciones muy breves, las necesarias para servir en el altar como acólitos. Llegó Monseñor Quezada, nos lo presentaron y nos dijo: "Gracias patojos por venir a ayudarme". Con aquellas primeras instrucciones de cómo acolitar, alumnos del Infantes servimos en la Sagrada Eucaristía presidida por el arzobispo, en la catedral, tal y como lo había dispuesto el fundador del Colegio 200 años atrás. Al finalizar la misa, en la sacristía mayor, Monseñor Quezada nos dijo: "
Prosit (que en latín quiere decir ¡Que aproveche! y que en la tradición de la liturgia posterior a la misa los celebrantes utilizaban para dar las gracias a los ministros y acólitos), gracias por su ayuda, ahora les pregunto: ¿quieren seguirme ayudando en la misa de 12, todos los domingos?, yo hablaré con el director del colegio y haré que les den media beca -claro que no era necesario, el simple hecho del llamado a servir era ya un gran premio- en agradecimiento por su servicio como acólitos, para eso fue fundado el colegio, para formar acólitos que sirvan en la catedral. "
En ese momento reafirmé el llamado que Dios me hacía a servirle tan de cerca en el altar del sacrificio más grande, la Eucaristía. Los que fuimos convocados no lo dudamos y aceptamos agradecidos, nos convertíamos entonces en acólitos. A partir de entonces se nos dieron ya mayores instrucciones de como servir en el altar, todo lo que un acólito debe saber para desempeñarse correctamente en su cargo. Acolitábamos entonces en las misas de medio día, los domingos, en las fiestas especiales de la Iglesia y ceremonias extraordinarias, durante todo el año.
Siempre sentí la gran bendición de ser acólito. La Cuaresma, la Pascua, el Adviento, el tiempo ordinario, todo el año litúrgico lo vivíamos con la alegría del católico. El arzobispo, Monse, como le empezamos a llamar muy cariñosamente nos tomó mucho afecto pues siempre estábamos dispuestos a ayudarle en las celebraciones que el presidía, sea el día que fuera y a la hora que se necesitara, incluso nos llevaba algunas veces con él a otras parroquias, hasta fuera del departamento cuando lo invitaban a celebrar misas especiales. Algunos sacerdotes nos decían: "Él arzobispo los quiere mucho, ustedes son como sus nietos." Estaré eternamente agradecido por ese amor que Rodolfo Cardenal Quezada nos tuvo.

Cuando viajaba a Roma a entrevistarse con el Papa regresaba muy contento, nos contaba lo que platicaba con el Pontífice, siempre al verlo le decía: "Esquipulas", pues nunca lo desvinculó de su cargo como Prelado de Esquipulas que ejerció por varios años. En esto podemos ver el gran interés y cariño que Juan Pablo II tuvo por la capital centroamericana de la fe. Nosotros le comentábamos la dicha que el tenía de estar cerca del Romano Pontífice.
Mis compañeros y yo creo que anhelábamos que si el Papa volviera a visitar Guatemala tuviéramos la oportunidad de estar aunque sea un poquito cerca de él. No como acólitos, sino que verlo aunque sea un poco más que pasar en el papamóvil impartiendo su bendición. Pero el Papa era ya una persona de avanzada edad y eso yo lo veía un poco difícil, que visitara este pequeño país, otra vez, era muy improbable. Pero Juan Pablo II quiso tanto a este pequeño país, que lo visitó tres veces.
Recuerdo que tiempo antes de que se anunciara la venida de Su Santidad por tercera vez, circulaban ya rumores de que esto sucediera, qué emoción es posible que venga de nuevo. No olvidaré el día en que me encontraba en mi salón de clases y una persona llegó a pegar una hoja en la que se anunciaba oficialmente la feliz noticia, el nuncio apostólico de Su Santidad, Juan Pablo II comunica al pueblo guatemalteco la visita del sucesor de Pedro, el vicario de Cristo vendrá a canonizar al beato Hermano Pedro. Mi corazón brincó de alegría al igual que el de toda Guatemala.
En la siguiente misa que celebró Monseñor Quezada, se dio gracias a Dios por tan gran bendición. Una o dos misas después, el arzobispo, después de concluida la Eucaristía nos dio la noticia más impactante, emocionante, importante, pero también inmerecida, inexplicable, aun no encuentro las palabras precisas para describir ese momento, nos dijo: "Bueno patojos, yo estoy muy agradecido porque ustedes fielmente me han ayudado en la misa de todos los domingo y fiestas de la Iglesia, y como premio les voy a dar un papel muy importante en la misa de la canonización del Santo Hermano Pedro, serán acólitos del Papa junto con los seminaristas." No sé como describir lo que esa noticia causó en nosotros, nos quedamos mudos, nos conmocionamos, nos impactamos muchísimo, no lo podíamos creer, hoy recuerdo ese momento y siento la misma dicha y bendición que sentí en ese momento. Pensé para mí, quién soy yo para que Dios me haya dado semejante regalo, en verdad no me sentía digno, pero se lo agradezco todos los días de mi vida. "Eso sí, -continuó monseñor-, tendrán una preparación muy especial, conocerán al Hermano Pedro a profundidad y recibirán otras instrucciones necesarias para ese día."
Desde ese día no pude dejar de pensar en el momento que nos esperaba. Recordaba lo que sentí al verlo pasar rápidamente en su papamóvil en la anterior visita (1996), el Papa Juan Pablo II era un pastor que irradiaba paz, verlo aunque sea en una fotografía, en su mirada se encuentra la santidad. Si eso sentí en esa oportunidad, qué sentiría al verlo más cerca aun, ser su acólito.
Se llegó el día
Antes de ese memorable 30 de julio recibimos catequesis formativas sobre la vida del Santo Hermano Pedro, se nos instruyó aun más en lo concerniente al acolitado. Monseñor decidió que nuestra participación fuera del turiferario (acólito que lleva el incensario) y el navetero (persona que lleva el recipiente que contiene el incienso) y también de portar unos cirios que se encenderían al momento de la consagración. Yo fui nombrado turiferario pues mi experiencia en ese puesto le pareció al arzobispo la necesaria.
Se tenía destinado que una gran concurrencia llegaría ese día al Hipódromo del Sur donde fue celebrada la misa de canonización. Muchos buses que salieron de distintos puntos de la capital transportaron a todos los fieles para asistir a esta ceremonia. Nosotros también nos fuimos en estos buses. Al llegar fuimos recibidos por Monseñor Quezada, muy emocionado nos dio las últimas instrucciones. Comparto una anécdota que nos sucedió. Siempre hay algunos detalles que se escapan, aun en estas grandes planificaciones. Recibí mi turiferario, una hermosa pieza de orfebrería hecha de plata, pero, sin brasas ardiendo para quemar el incienso. Pregunté por carbón, y no había. Monseñor como siempre muy ocurrente, me dijo: "Esperate no te preocupés." Cerca de ahí habían algunos policías motorizados, le hizo señas a uno de ellos y le dijo: "Por favor, se lleva a este patojo a alguna de las ventas que están afuera por brasas para el incensario". Me subí con todo y sotana a la moto, con el incensario en mano y nos fuimos a dichas ventas. Llegué con la primera venta de shucos, una señora a la que le dije que por favor me regalara brasas pues eran para la misa del Papa. No lo dudó un momento, pues incluso lo sintió una bendición, y pronto levantó la parrilla y me dio los trozos de carbón más encendidos, me monté de nuevo en la moto y regresé.
Momentos después la emoción se multiplicó, al ver llegar el papamóvil sentimos lo que no se puede expresar con palabras. Al ver al Sumo Pontífice sentí de nuevo esa paz que sentí en la anterior visita. Y sí ya esa emoción se había multiplicado se multiplicó muchísimo más cuando se nos dijo a los seminaristas y a nosotros: "El Papa ha decidido, en un gesto muy especial hacia ustedes, recibirlos y darles su bendición antes de la misa." Otra vez el impacto que recibíamos fue enorme, que aunque me esfuerce no puedo encontrar las palabras para transmitírselos. Se abrieron las puertas de la habitación en la que estaba, hicimos fila y lo vimos sentado en un sillón y uno a uno fuimos pasando frente a él, en la fila un obispo que lo acompañaba nos dio un Rosario bendito por él. Al entrar en esa habitación, se sentía un ambiente inexplicable, solo puedo decir que era una energía y una paz incomparable.

Y qué decir del momento en el que lo tuve frente a mí, tomar su mano, besarla, besar el Anillo del Pescador, del Vicario de Cristo. Para que esforzarme para plasmar ese momento en palabras, creo es imposible. Al salir de esa habitación, la reacción fue el llanto, ese llanto de una emoción desbordante por lo que acaba de vivir.
Como turiferario tuve otro acercamiento a él, pues la liturgia así lo indica, turiferario y navetero se arrodillan frente al celebrante y él introduce incienso al turiferario, y luego en procesión nos dirigimos al ambón donde sería proclamada la Palabra. Otro momento de mucha emoción, tenerlo frente a frente, observar su mano temblorosa introducir el incienso, y observar de cerca ese rostro, esos ojos que irradiaban santidad. Fue muy importante también, que a pesar de su desgaste físico, vivió a plenitud la liturgia, incluso arrodillándose al momento de la Letanía de los Santos.
Al recordar esta vivencia única y creo yo la más intensa de mi vida, y en estos momentos que acaba de ser canonizado Juan Pablo II y también Juan XXIII, siento un poco de aquella emoción, pero solo un poco ya que como aquella tal vez nunca más.
Desde aquel momento muchos me preguntan, qué sentiste tenerlo tan cerca, igual que lo que escribo ahora, no puedo explicarlo, no hay palabras para expresar exactamente qué sentí. Lo que sí sé es que esta gran bendición la recibí para compartirla con todos, con mi familia, con mis seres queridos, con todos los que me rodean, con mi natal Mixco, con mi país Guatemala. Y ante todo agradecer a Dios inmensamente por esta gracia, que aunque inmerecida, la necesitaba como todos necesitamos de Nuestro Padre Dios. Hoy más que nuca debemos decir: San Juan Pablo II, te llevamos en el corazón, así como él, en sus últimas palabras en esta tierra nos dijo: "Guatemala, te llevo en el corazón."
Que el ejemplo de estos dos Papas Santos, nos ayude a nosotros también a alcanzar una vida de santidad pues todos estamos llamados a conseguirla.
Termino pidiéndoles a todos tomen esta bendición como suya también, pues es demasiado grande para quedármela yo solo. Por último les pido se unan conmigo a orar por primera vez a Dios por la intercesión de San Juan Pablo II y también por la intercesión de San Juan XXIII, pidan por sus familias, por la salud, por que reine la paz de Cristo en sus corazones.
Oh Trinidad Santa, te damos gracias por haber concedido a la Iglesia a San Juan Pablo II y porque en él has reflejado la ternura de tu paternidad, la gloria de la cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor.
El, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna contigo.
Concédenos, por su intercesión, y si es tu voluntad, la gracia que imploramos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.