Pero Dios y la vida no me dejarían tampoco sin conocer a alguien mayor que mi papá, esa figura de alguien que te quiere como a un hijo, pero no es tu padre, que rara vez te regaña y que se la pasa consintiéndote gustos. Eso fue para mí, Rafael Ernesto Castillo Castro, hermano de mi abuelita Yolanda y mi tía Minda, más que un tío abuelo, fue el abuelo que nunca tuve y el mejor tío que tuve.
Guardo muchísimos recuerdos de él. Desde antes que naciera el ya influía mucho en mi vida, mi mamá me cuenta que fue él quien la llevó al hospital para darme a luz, pues mi papá andaba fuera, por trabajo. Me ayudó a dar los primeros pedalazos y a quitarle las llantías a mi bicicleta. Siempre que iba a donde mi tía Minda, yo solo ahí me mantenía, nos llevaba a mí y a mi hermano al templo parroquial, donde hacíamos estaciones en cada capilla de los santos de mi pueblo, nuestra preferida era la de mi querida Virgencita de Morenos. Luego íbamos al parque a lanzarnos en los famosos resbaladeros de concreto. O nos llevábamos las bicis y dábamos vueltas dentro del parque. En agosto nos llevaba a ver moros al Oratorio de santo Domingo. Con él aprendí a comer zompopos. En el corredor de la casa hay unos pilares que la sostienen, nos decía "subite pues" y nos ayudaba a trepar hasta arriba. Nos cargaba, nos hacía micadas, con tal de vernos felices.
Siempre admiré su amor por el arte, claro es un Castro, poeta, pintor, músico. Gracias a él descubrí mi radio preferida -Radio Faro Cultural, 104.5 F. M.- pues siempre que iba a su casa estaba escuchándola, mientras pintaba o mientras escribía. Cierta vez, en el colegio, me dejaron hacer un poema dedicado a la Virgen de la Asunción, en ese entonces no me atrevía a hilvanar algunos versos, mi tía me dijo: "Venite, vamos con el Canche, en un rato te lo hace." Cuando llegamos, estaba viendo en la televisión una obra de ballet clásico, Canche, tal cosa -le dije-, "a ver pues". En 15 minutos ya tenía un hermoso poema, está publicado en su antología póstuma, que se logró realizar gracias a que mi tía, siempre le pedía sus poemas para compilarlos en un libro que sirvió para dicha publicación, este de la Virgen de la Asunción también lo puso allí:
Asunción
Virgen gloriosa te aclaman
ángeles y serafines
y tu Asunción la proclaman
hoy por todos los confines.
Porque es clara maravilla
tu elevación a los cielos,
donde tu cuerpo glorioso
reina, resplandece, brilla
glorificado por siempre
entre nubes y entre soles
donde tu eres la más bella,
como reluciente estrella.
A mi tía yo de todo le preguntaba, me encantaba como me contaba las cosas, aprender de su sabiduría. Un día se me ocurrió: Minda, ¿dónde aprendió el Canche a tocar arpa?, me contó algo así:
Una vez vio a unos colombianos tocando arpa, le gustó mucho y les dijo que quería aprender, ellos prometieron enviarle un método de arpa tradicional. Él les dijo que muchas gracias pero no esperaba que en verdad lo hicieran, el método llegó, consiguió un arpa y aprendió, autodidácticamente. Cuando iba a visitarlo, trasteaba un poco su arpa, él me daba consejos sobre como tocarla.
Para Cuaresma me gustaba llegar a verlo realizar las pinturas que colocaban en una alfombra para Jueves Santo. Eran varios cuadros de gran tamaño. En una ocasión también hizo varios para el adorno de un anda de Santo Domingo. Pintó también algunas paredes de su casa con hermosos paisajes.
Al saber que entraría al conservatorio de música, se emocionó mucho por mí, siempre que venía me decía "toca algo pues, te voy a escuchar". Aunque lo que tocaba eran piececitas de lo más sencillas, me escuchaba atento. Cuando mi tía me compró mi piano, no recuerdo si fue casualidad que el venía para acá cuando lo estábamos bajando del transporte, pero feliz, rápido ayudó a cargarlo. No olvidaré su rostro de alegría al ver entrar el piano a la casa. "Bueno pues, ahora ya tenés en dónde estudiar mejor." Siguió viniendo a escucharme tocar, solo él y mi tía tenían la paciencia necesaria para escucharme estudiar, pues escuchar lo mismo muchas veces cansa y más si se comete error tras error y peor si suena feo, pero ellos dos nunca me dijeron un "callate ya", como al niño que sus padres reprenden por estudiar en su flauta dulce.
Hubo un tiempo que no había venido a escucharme, vino un sábado y me dijo: "ya tenía días de no escucharte, tocate algo pues", se acomodó en el sillón y ya no le tocaba tan piececitas, interpreté una sonata de Mozart... El martes siguiente, 2 de agosto, por la noche, recibí una noticia que me dejó inmóvil, el mundo se paró en ese momento, me quedé ido, pues mi tía al teléfono me informaba, entre llantos, de su partida. Bien dicen que involuntariamente o quien sabe si lo sabemos poco antes y no lo podemos decir, nos empezamos a despedir de las personas que amamos, ese sábado que interpreté mi piano para él, fue la última vez que disfrutamos juntos del bello arte musical.
Al lado de donde estuvo su capilla ardiente, estaba mi piano, y antes de salir para su despedida fúnebre, toqué una vez más; cómo me gustaba tocar para él, sabía que si alguien disfrutaba de escucharme era él -y mi tía-, lo demostraba con su silencio y atención durante horas.
Luego de su partida le dieron a mi tía una colección de casetes suyos que ahora yo conservo y escucho de vez en cuando, música de muchos géneros. En varios se repetía un nocturno de Frederic Chopin, Nocturno Op. 9 No. 2 en Mi bemol Mayor, definitivamente le gustaba mucho. Poco después de su muerte mi maestro de piano, me dio las partituras de ese nocturno, sería la obra del periodo romántico que debía interpretar, casualidades de la vida que no creo que existan. Ahora cada vez que lo interpreto, pues por lo mismo me gusta mucho y sigo tocándolo, lo hago en recuerdo de mi tío abuelo, más abuelo que tío y el mejor tío.
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| De pocos años de edad |
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| En Panamá |
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| Con algunos amigos y su papá |
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| Con sus papás y hermanas |
A todos los que aun tienen con vida a sus abuelos, disfrútenlos, pues son personas que le dan gran parte de sentido a nuestras vidas, aprendan de sus consejos que siempre serán sabios, y cuando un consejo es sabio y está dado con amor es un consejo que te servirá toda la vida. El mío, que no era exactamente mi abuelo, pero así lo quería yo, se fue igual que los otros dos que sí lo eran, muy pronto, pero los momentos que viví con él marcaron mi vida y siempre estarán presentes en mi corazón.



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