Observar las estrellas
Al igual que el príncipe diez conejos, desde niño siempre me ha gustado
observar las estrellas. Pero, dónde reside el gusto por esta práctica, a qué se
debe. Desde tiempos muy antiguos el hombre ha sentido gran placer al fijar su
vista en la bóveda celeste. Existen datos de que en la antigua Mesopotamia,
cuatro mil años antes de la era cristiana el hombre ya había trazado las primeras
constelaciones. Pero tenían en estas disposiciones motivos fundamentalmente
prácticos, por ejemplo, como ayuda para medir el tiempo y las estaciones y
servir de orientación a navegantes y viajeros. Grandes civilizaciones de la
antigüedad ponían también sus ojos en el cielo nocturno con fines prácticos,
entre ellos los griegos, los chinos, los hindúes, los mayas, los incas, los
aztecas y otros más.
Cierta noche navegaba por el lago de Atitlán, me recosté y dirigí mi
vista hacía el cielo, esa noche nunca la olvidaré, ese cielo nocturno fue el
más hermoso que haya visto nunca. Pero al estar observando, absorto, me
nacieron muchas preguntas como, ¿cuántas habrán? ¿A qué distancia estarán?
¿Cuál constelación será cuál? Pero también me surgieron otras, ¿Cuán grande
será el Universo? ¿Seremos los únicos seres racionales en el Universo? ¿Seremos
nosotros los racionales o los irracionales? ¿Qué hacemos acá? Y es que al
observar las estrellas y saber que solo en nuestra galaxia, la
Vía Láctea hay alrededor de 200 mil
millones de estrellas, que están lejísimos y son enormes, no nos queda más que
sentir un complejo de pequeñez.
Desde hace muchos siglos, observar los astros y detenerse a pensar sobre
ellos era una actividad muy seria y de gran utilidad, se creía que permitía
adelantarse a los caprichos del destino, esto, aún hoy muchísima gente lo
acepta.
Nuestra psique tiene deseos,
deseos de afecto, por ejemplo. Al igual que nuestra mente tiene deseos de
pensar y de conocer. Es esa la razón de tantos viajes que han sido planteados
en la literatura, en el cine, en la pantalla chica, todos con el mismo objetivo
de conocer un lugar o algo nuevo. Esto ha llevado al hombre también a realizar
con éxito los viajes al espacio.
En la historia ha habido estrellas muy famosas. La estrella de David,
uno de los símbolos de los judíos. La estrella de Belén, el astro que
supuestamente guio a los reyes magos hacia el lugar donde nació Jesucristo. La
estrella de la mañana, antes de salir el sol, hay una
estrella que, por ser más brillante que las otras, permanece aún durante el
alba. Es la estrella de la mañana que anuncia el día; de esta manera el
catolicismo simboliza a María como la estrella de la mañana que es la guía
hacia Jesús.
En la literatura las
estrellas también han sido fuente de inspiración para muchos poetas, narradores
o dramáticos. Cuántos poetas no han ofrecido una estrella como regalo de amor,
cuántos no han asociado a su amada como la más bella estrella, cuántos no se
han expresado en términos de amar tanto como estrellas hay en el firmamento.
Y es que las estrellas
han sido usadas para metaforizar tantas cosas. De esta manera los grandes
actores son llamados las grandes estrellas o las luminarias del cine. Los
grandes deportistas son llamados también las grandes estrellas. Entonces todo
aquel que se destaque en algo que brille es una estrella.
Pero aparte de que por
su brillo se les compare con los humanos hay otras características que
comparten. Al igual que los hombres las estrellas nacen, crecen y luego mueren.
Antes de que la ciencia
avanzara se creía que las estrellas eran simples puntitos luminosos que
brillaban en el cielo. Luego con su avance se descubrió todo el proceso de vida
de uno de estos puntitos luminosos. Las
estrellas nacen en grandes nubes de gas interestelar desperdigadas por el
espacio: las nebulosas. El modelo más simple de su nacimiento explica que en
las nebulosas hay zonas que, al ser algo más densas que las otras, empiezan a
atraer más y más gas por efecto de la gravedad. La gravedad es más intensa
cuanto mayor sea el cuerpo que la origina. A medida que estas zonas acumulan
más y más gas, su tamaño aumenta y su gravedad también. La gravedad es la causa
que las estrellas nazcan.
La vida de una estrella
depende de la cantidad de combustible que tenga y del ritmo al cual lo consuma.
Una estrella muy grande, como una gigante azul, tiene mucho hidrógeno para
quemar. Pero lo hace a tal velocidad que su vida es corta, mucho más corta que
la de estrellas más pequeñas como el Sol. En menos de unos pocos centenares de
millones de años un gigante azul puede consumir todo su hidrógeno, mientras que
las estrellas más modestas pueden respirar tranquilas durante 5.000 millones de
años.
Las estrellas de masa pequeña acaban
dejando un residuo frío y denso, que se denomina enana blanca. Algunas de las
estrellas de masa más grande también dejan, después de una explosión
espectacular, una enana blanca. Pero algunas dejan unos restos más
interesantes: las estrellas de neutrones. Son estrellas de unos 10 kilómetros
de diámetro, pero extremadamente densas, que giran a una velocidad enorme. Las
más grandes se convierten en algo que no es ni una enana blanca, ni una
estrella de neutrones, sino uno de los objetos más exóticos del Universo: los
agujeros negros.
Y la ciencia continúa avanzando. Recientemente nació una
herramienta de Internet que les permite a los usuarios acercarse, por medio de
los satélites, a una estrella o constelación.
El reto del viaje, por lo menos solo mediante imágenes, está resuelto. El
hombre puede llegar ya a ver lugares que antes ni imaginado se lo tenía.
Aun así, nunca debe
perderse esa interesante actividad de mirar hacia el cielo nocturno y observar
detenidamente a los astros brillantes.
No me extraña
entonces, la costumbre de este príncipe que gustaba de ver las estrellas, ya
sea si pensaba que eran fogatas que estaban muy lejos o si eran dioses, o bien
personas que mueren y se van al cielo.
Observar las
estrellas puede ser una costumbre muy antigua que seguramente la inició el
primer hombre de la tierra, y nunca la abandonamos. Mientras más las miramos,
más ganas nos van a dar de alcanzarlas.
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