domingo, 7 de abril de 2013

Observar las estrellas

Con el afán de que lean cosas que pueden serles de interés, inicio este sitio. Empezaré publicando algunos escritos de años anteriores. Esta vez comparto un ensayo escrito en el 2008, inspirado por el personaje de un cuento infantil, el príncipe Diez Conejos, quien gustaba de observar las estrellas.


Observar las estrellas

     Al igual que el príncipe diez conejos, desde niño siempre me ha gustado observar las estrellas. Pero, dónde reside el gusto por esta práctica, a qué se debe. Desde tiempos muy antiguos el hombre ha sentido gran placer al fijar su vista en la bóveda celeste. Existen datos de que en la antigua Mesopotamia, cuatro mil años antes de la era cristiana el hombre ya había trazado las primeras constelaciones. Pero tenían en estas disposiciones motivos fundamentalmente prácticos, por ejemplo, como ayuda para medir el tiempo y las estaciones y servir de orientación a navegantes y viajeros. Grandes civilizaciones de la antigüedad ponían también sus ojos en el cielo nocturno con fines prácticos, entre ellos los griegos, los chinos, los hindúes, los mayas, los incas, los aztecas y otros más.
     Cierta noche navegaba por el lago de Atitlán, me recosté y dirigí mi vista hacía el cielo, esa noche nunca la olvidaré, ese cielo nocturno fue el más hermoso que haya visto nunca. Pero al estar observando, absorto, me nacieron muchas preguntas como, ¿cuántas habrán? ¿A qué distancia estarán? ¿Cuál constelación será cuál? Pero también me surgieron otras, ¿Cuán grande será el Universo? ¿Seremos los únicos seres racionales en el Universo? ¿Seremos nosotros los racionales o los irracionales? ¿Qué hacemos acá? Y es que al observar las estrellas y saber que solo en nuestra galaxia, la Vía Láctea hay alrededor de 200 mil millones de estrellas, que están lejísimos y son enormes, no nos queda más que sentir un complejo de pequeñez.
       Desde hace muchos siglos, observar los astros y detenerse a pensar sobre ellos era una actividad muy seria y de gran utilidad, se creía que permitía adelantarse a los caprichos del destino, esto, aún hoy muchísima gente lo acepta.
       Nuestra psique tiene deseos, deseos de afecto, por ejemplo. Al igual que nuestra mente tiene deseos de pensar y de conocer. Es esa la razón de tantos viajes que han sido planteados en la literatura, en el cine, en la pantalla chica, todos con el mismo objetivo de conocer un lugar o algo nuevo. Esto ha llevado al hombre también a realizar con éxito los viajes al espacio.
     En la historia ha habido estrellas muy famosas. La estrella de David, uno de los símbolos de los judíos. La estrella de Belén, el astro que supuestamente guio a los reyes magos hacia el lugar donde nació Jesucristo. La estrella de la mañana,  antes de salir el sol, hay una estrella que, por ser más brillante que las otras, permanece aún durante el alba. Es la estrella de la mañana que anuncia el día; de esta manera el catolicismo simboliza a María como la estrella de la mañana que es la guía hacia Jesús.
     En la literatura las estrellas también han sido fuente de inspiración para muchos poetas, narradores o dramáticos. Cuántos poetas no han ofrecido una estrella como regalo de amor, cuántos no han asociado a su amada como la más bella estrella, cuántos no se han expresado en términos de amar tanto como estrellas hay en el firmamento.
     Y es que las estrellas han sido usadas para metaforizar tantas cosas. De esta manera los grandes actores son llamados las grandes estrellas o las luminarias del cine. Los grandes deportistas son llamados también las grandes estrellas. Entonces todo aquel que se destaque en algo que brille es una estrella.
      Pero aparte de que por su brillo se les compare con los humanos hay otras características que comparten. Al igual que los hombres las estrellas nacen, crecen y luego mueren.
     Antes de que la ciencia avanzara se creía que las estrellas eran simples puntitos luminosos que brillaban en el cielo. Luego con su avance se descubrió todo el proceso de vida de uno de estos puntitos luminosos. Las estrellas nacen en grandes nubes de gas interestelar desperdigadas por el espacio: las nebulosas. El modelo más simple de su nacimiento explica que en las nebulosas hay zonas que, al ser algo más densas que las otras, empiezan a atraer más y más gas por efecto de la gravedad. La gravedad es más intensa cuanto mayor sea el cuerpo que la origina. A medida que estas zonas acumulan más y más gas, su tamaño aumenta y su gravedad también. La gravedad es la causa que las estrellas nazcan.
     La vida de una estrella depende de la cantidad de combustible que tenga y del ritmo al cual lo consuma. Una estrella muy grande, como una gigante azul, tiene mucho hidrógeno para quemar. Pero lo hace a tal velocidad que su vida es corta, mucho más corta que la de estrellas más pequeñas como el Sol. En menos de unos pocos centenares de millones de años un gigante azul puede consumir todo su hidrógeno, mientras que las estrellas más modestas pueden respirar tranquilas durante 5.000 millones de años.
     Las estrellas de masa pequeña acaban dejando un residuo frío y denso, que se denomina enana blanca. Algunas de las estrellas de masa más grande también dejan, después de una explosión espectacular, una enana blanca. Pero algunas dejan unos restos más interesantes: las estrellas de neutrones. Son estrellas de unos 10 kilómetros de diámetro, pero extremadamente densas, que giran a una velocidad enorme. Las más grandes se convierten en algo que no es ni una enana blanca, ni una estrella de neutrones, sino uno de los objetos más exóticos del Universo: los agujeros negros.
            Y la ciencia continúa avanzando. Recientemente nació una herramienta de Internet que les permite a los usuarios acercarse, por medio de los satélites,  a una estrella o constelación. El reto del viaje, por lo menos solo mediante imágenes, está resuelto. El hombre puede llegar ya a ver lugares que antes ni imaginado se lo tenía.
     Aun así, nunca debe perderse esa interesante actividad de mirar hacia el cielo nocturno y observar detenidamente a los astros brillantes.
     No me extraña entonces, la costumbre de este príncipe que gustaba de ver las estrellas, ya sea si pensaba que eran fogatas que estaban muy lejos o si eran dioses, o bien personas que mueren y se van al cielo.
     Observar las estrellas puede ser una costumbre muy antigua que seguramente la inició el primer hombre de la tierra, y nunca la abandonamos. Mientras más las miramos, más ganas nos van a dar de alcanzarlas. 

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